Llevaba un par de días pensando en qué escribir. Había pensado en hablar de por qué EDONISMO, de hospitality, incluso de mí mismo. Pero la verdad es que nada de todo esto me seducía demasiado.
Hasta que, hace unos días, vi un documental sobre Matisse. Hablaban de sus viajes por el sur de España y de cómo habían influido en su pintura y, en general, en su manera de mirar: la luz, los colores, las formas, el paisaje... Y empecé a pensar en lo diferente que debía de ser la experiencia de viajar entonces.
Hace poco más de cien años, desplazarse al país vecino, recorriendo una distancia relativamente pequeña, podía suponer encontrarse con un cambio enorme. Y además se llegaba sin haber visto antes miles de fotografías, vídeos, reels, rankings y recomendaciones sobre lo que uno se iba a encontrar. Había muchas cosas que, sencillamente, no habías visto nunca. Ni siquiera sabías muy bien qué te ibas a encontrar. Y fue ahí cuando empecé a escribir esto.
Viajar sigue siendo una de mis cosas favoritas. Creo que te abre la mente y te ayuda a entender el mundo desde distintos puntos de vista. China, India, Indonesia, África, Sudamérica... Hay tantos lugares capaces de hacerte mirar de otra manera la política, la religión, la sociedad, las costumbres o incluso cosas bastante cotidianas que hasta entonces dabas por hechas... Pero viajar también ha cambiado.
“Nunca había sido tan fácil recorrer 10.000 kilómetros sin salir realmente de nuestra propia burbuja.”
¿Qué quiero decir con esto? Puedes volar hasta Bali para desayunar el mismo matcha que podrías estar tomando en Madrid, ir a la piscina infinita que llevas meses viendo en Instagram, visitar el templo que viste en YouTube, reservar en el restaurante al que ya fueron tres amigos tuyos y acabar el día en la habitación del hotel viendo el siguiente capítulo de la misma maravillosa serie de Netflix que estabas viendo en casa. Te has cruzado medio planeta. Pero no sé cuánto has viajado.
Porque ha cambiado también la forma en la que afrontamos un viaje. Muchas veces ya no llegamos a un lugar para descubrir qué hay. Llegamos precisamente buscando aquello que ya sabemos que hay. No salimos a cenar a ver qué encontramos. Llevamos una lista de restaurantes guardados antes de aterrizar. Y esto me lleva a pensar que viajar es también una actitud.
Porque puede ocurrir exactamente lo contrario sin coger un avión. Puedes salir de tu casa, coger el metro y, diez paradas después, encontrarte con otra comunidad, otra comida, otra religión y otra manera de entender la vida. Y como probablemente no llevabas tres meses viendo vídeos sobre lo que ibas a encontrarte allí, hasta puede sorprenderte más.
Puede haber más distancia cultural entre dos barrios de una misma ciudad que entre Madrid y alguno de esos destinos internacionales preparados para recibir al mismo visitante global. Y ojo, que esto no es una crítica a esos destinos. Pueden ser lugares increíbles. Pero 10.000 kilómetros. Diez paradas de metro. La distancia, por sí sola, no garantiza ningún descubrimiento.
Pero hay otra parte de todo esto que me interesa todavía más. No es solo que podamos viajar miles de kilómetros sin salir del todo de nuestra burbuja. Es que, además, los lugares a los que viajamos empiezan a parecerse cada vez más entre sí.
Vemos las mismas marcas, la misma moda y escuchamos la misma música en prácticamente todas las grandes ciudades del mundo. Te subes a un taxi a miles de kilómetros de casa y suena la misma canción. Sales del hotel y tienes un Starbucks enfrente. En cualquier gran ciudad puedes comer prácticamente cualquier cocina del mundo. Pero bueno, todo esto ya lo sabemos. No estamos descubriendo América. Es la globalización.
Lo que me parece más interesante es otra cosa: creo que hemos conseguido homogeneizar incluso nuestra manera de ser diferentes. O de parecerlo. ¿Qué quiero decir?
Que encuentras cafeterías que quieren ser independientes a miles de kilómetros de distancia y parecen la misma. Hoteles que hablan de autenticidad y prometen experiencias únicas utilizando prácticamente los mismos códigos. Restaurantes reivindicando lo local mientras siguen las mismas tendencias internacionales. Casas, hoteles, apartamentos... todo más neutro, más beige, capaz de funcionar igual en Madrid, Dubái, Nueva York o Singapur.
“Hasta la autenticidad parece tener una estética reconocible.”
No sé si se entiende por dónde voy. Igual hasta yo me lo tengo que preguntar. Pero bueno, sigamos explorando.
En Madrid, por ejemplo, durante años han ido desapareciendo bares de toda la vida. Unos eran bonitos, otros feos, otros incómodos y otros maravillosos. Eran lo que eran. Y ahora abrimos bares nuevos diseñados para parecer auténticamente viejos. Es bastante absurdo cuando lo piensas: cerrar un bar que llevaba cincuenta años envejeciendo para abrir otro diseñado desde el primer día para parecer que lleva cincuenta años abierto.
Y con esto tampoco estoy diciendo que la solución sea congelar las ciudades. Ni que un restaurante español tenga que parecer una taberna de los años veinte con patas de jamón colgando. Ni que un hotel en Japón tenga que responder a la idea que un extranjero tiene de Japón. Las culturas cambian. Las ciudades cambian. Nosotros cambiamos. El mundo evoluciona.
Entonces me pregunto: ¿cómo hacemos para que algo cambie sin que termine perdiendo lo que lo hacía suyo?
En hospitality hablamos constantemente de autenticidad, experiencias e identidad. Pero ¿puede un hotel pertenecer realmente al lugar donde está sin tener que disfrazarse de “local”? Espero que sí.
¿En qué momento dejamos de inspirarnos y empezamos simplemente a parecernos demasiado? Esto me interesa.
Y quizá por eso cada vez me interesan más las cosas que solo tienen sentido donde están. Un restaurante, un hotel, un bar, una tienda, una casa... Sitios que, por alguna razón, no funcionarían igual en cualquier otra parte. Quizá lo que me atrae de ellos no sea que sean tradicionales. Ni siquiera que sean originales. Simplemente hay algo que hace que tengan sentido precisamente ahí, donde están. Y eso, aunque no siempre sepa explicar muy bien qué es, me gusta.
Y mientras pensaba en la personalidad de los lugares, me di cuenta de que quizá con nosotros pasa algo bastante parecido.
Nos gustan las personas con carácter, los lugares con personalidad, las cosas diferentes. Pero luego nos vestimos como la gente que tenemos alrededor, viajamos a los sitios a los que han viajado nuestros amigos, vamos a los mismos restaurantes y seguimos prácticamente las mismas tendencias. Supongo que es normal. Aunque tampoco sé si el hecho de que algo sea normal significa que sea bueno.
Todos buscamos, en mayor o menor medida, sentirnos parte de algo.
Y ahí aparece otra contradicción que me interesa: tener personalidad implica aceptar que no vas a gustar a todo el mundo. Esto sirve para una persona, pero también para un restaurante, un hotel, una marca o incluso una opinión. Y puede resultar incómodo.
Porque mientras nos llenamos la boca hablando de identidad, autenticidad, carácter y diferenciación, muchas veces construimos lugares, productos y, ojo, hasta nuestra propia imagen intentando evitar cualquier cosa que pueda generar rechazo. Así que parece que queremos ser diferentes, pero tampoco demasiado. Queremos tener personalidad y, a la vez, ser aceptados por todos. No sé. La verdad es que, llegado cierto punto, hay cosas que me parecen difíciles de compatibilizar.
Empecé este artículo pensando en lo diferente que debía de ser para Matisse llegar al sur de España hace más de cien años y he acabado divagando sobre la autenticidad, la identidad y lo que significa realmente descubrir algo hoy. Y me queda una pregunta:
“¿Hasta qué punto podemos ser realmente diferentes siguiendo todos los mismos caminos?”
Creo que no he respondido a demasiadas preguntas. Creo que he abierto unas cuantas más. Quizá de eso se trate. Y mientras tanto, intentemos al menos no tener todos el mismo tono de beige.
